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El día más feliz en la ciudad de Guantánamo

ejercito rebelde guantanamo

El capitán Demetrio Montseny Villa, jefe de la Columna 20 Gustavo Fraga, en áreas del antiguo aeropuerto de Guantánamo tras la toma por las fuerzas rebeldes.

Sesenta años después, Luis Figueras Pérez mantiene la apreciación de que aquellos días siguen siendo los que el pueblo de la ciudad de Guantánamo en pleno ha llenado con mayores expresiones de alegría hasta ahora mismo.

Quien contaba entonces con apenas 15 años y regresó triunfal a su barrio Norte de la ciudad la mañana del tres de enero, era uno de los causantes de aquella alegría como joven rebelde integrante de una compañía de la columna 18 Antonio López Fernández con base en Casiséis, próximo al poblado de Jamaica.

La fiesta mayor había comenzado desde el primero de enero de 1959, con la entrada de Fidel a Santiago de Cuba, pero en Guantánamo fue el día dos cuando comenzaron a ingresar las tres columnas rebeldes que desde varios días antes sitiaban aquí a más de mil efectivos de la dictadura.

Soldados acorralados

El acorralamiento en la ciudad de las tropas batistianas en cuarteles y edificaciones civiles se agudizó con la liberación de Caimanera, el 19 de diciembre, por la columna 20 Gustavo Fraga Jacomino, con lo que el enemigo quedó aislado, al estar liberado el resto del territorio.

Las fuerzas de la tiranía tenían un regimiento de operaciones con artillería, unidades blindadas y más de mil soldados de infantería y de la marina, asediadas mortalmente por el triángulo organizado por Raúl Castro Ruz , jefe del Segundo Frente Oriental Frank País: por el norte, la Columna 6 de Efigenio Ameijeiras; por el este, la Columna 18 de Félix Pena y, por el oeste, la 20, de Demetrio Montseny Villa.

Cuando se preparaba el ataque rebelde conjunto al reducto, se difundió la noticia de la huida del tirano la madrugada del Primero de enero.  

El empecinamiento del jefe de la guarnición batistiana, notorio asesino ascendido a últimas por Batista a coronel, Arcadio Casillas Lumpuy, en no rendirse, pese a que ya muchos soldados se entregaban o confraternizaban con los rebeldes, retrasó unas horas la celebración popular por el triunfo de la Revolución en Guantánamo.

Como protagonista de aquellos días e historiador, Figueras reconstruye hoy de nuevo, con más detalles, antecedentes y consecuencias de los hechos que lo hicieron disfrutar su reingreso a la ciudad, tras varios meses de alzado.

Además de su testimonio, pone a disposición del periodista, entre otros varios materiales, la reciente edición revisada y ampliada del libro preparado por la comisión de historia de la Columna 20 Gustavo Fraga Jacomino, que, a su vez, refiere a otros textos fundamentales acerca de estos hechos.

Para dar vivas a la Revolución

Por orden del jefe del Segundo Frente Frank País, entonces comandante Raúl Castro Ruz, el comandante Efigenio Ameijeiras Delgado, segundo jefe del Frente y de la columna 6 Juan Manuel Ameijeiras, encabezó la agrupación de las columnas para el ataque a Guantánamo.

Ese primer día del año las avanzadas rebeldes estaban ya en Cuatro Caminos, la entrada del puente de Barceló, el entronque de Jamaica, Montgomery, la Escuela Vocacional, y en la Loma de la Piña, a la vista de los guardias a los que instaban a rendirse, pues la orden de Fidel y de Raúl era evitar derramamiento de más sangre.

El día primero, en pleno día, el combatiente rebelde Enrique Faure, identificado por sus ropas de campaña, llega a pie hasta las fuerzas enemigas, en las alturas donde está actualmente el Politécnico de la Salud, diciendo que lleva una carta de Amejeiras para Casillas.

“Lo llevan hasta el Instituto de Segunda Enseñanza, hoy preuniversitario urbano Rubén Batista, donde Casillas tenía la jefatura y, al no estar, a su casa; allí el coronel confundido lo atiende, toma y lee la carta en que se le invita a entregar incondicionalmente la plaza, pero su respuesta es evasiva”.

Sin embargo, esa misma tarde hay contactos entre los bandos. Por la noche Efigenio se entrevistó directamente con el coronel Casillas en el instituto. Lo conminó a la entrega incondicional, que el coronel no aceptó. Ameijeiras lo instó a reunir a la oficialidad en el Unión Club (hoy Palacio de los Matrimonios) y sin esperar respuesta abandonó el lugar.

Los rebeldes capturaron y desarmaron a la compañía K acantonada en el aeropuerto, en predios del actual reparto Obrero. El pueblo se aproximaba a los rebeldes, los apoyó para la ocupación del escuadrón del ejército, donde estaba el grueso del armamento enemigo.

Al respecto, Efigenio relató: “(...) enseguida grité con todas mis fuerzas aquellas palabras que me quemaban la garganta: Adelante. Todo el mundo adentro. (...) En cuestión de minutos, los desarmamos. No les dimos la más mínima oportunidad de recuperarse. Ipso facto cayeron en nuestras manos el instituto, la estación de policía y el puesto de la marina (...). La ciudad estaba en nuestras manos y hasta el último casquito desarmado. Así esa primera noche de enero, Guantánamo fue territorio libre de Cuba”.

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Figueras, con apenas 15 años, en los primeros días enero, hace 60 años.

La ciudad de fiesta

Al amanecer del dos comenzó a entrar el grueso de las columnas rebeldes. Figueras recuerda su traslado en camión en la madrugada del tres desde el campamento a la ciudad.

“La alegría es indescriptible. La gente, niños, mujeres, ancianos, todos, en la calle, desde Jamaica, gente a pie siguiéndonos, grupos celebrando, abrazándonos, nos halaban los pelos…”, dice, mientras muestra la foto que se tomó la mañana del cinco, en un estudio pintado de verde en Cuartel y Carretera, que conserva a la vista enmarcada próxima a su lugar de trabajo en su hogar.

Antes, por supuesto, y después de la toma del aeropuerto, ya referida, al amanecer del dos de enero, los rebeldes de Ameijeiras ocuparon el Instituto y entraron por la calle Paseo con blindados ocupados al ejército, hasta el Escuadrón 16 (actual escuela primaria Rodolfo Rosell).

Aunque los soldados están en posición de combate, a los rebeldes de las columnas 6, 18 y 20 que han penetrado en la ciudad por diferentes puntos, los sigue un mar de pueblo, de modo que al llamado de Efigenio penetran en la fortaleza, exponen en el libro Guantánamo: Insurrección. Apuntes para una cronología crítica, Figueras y Marisel Salles Fonseca, su compañera de vida, también investigadora.

Félix Pena había irrumpido en Monona (zona de San Justo) y el antiguo aeropuerto (entrada del reparto Obrero), mientras Villa ocupaba la estación de policía (hoy escuela José Martí) y el vivac (San Gregorio y 2 Sur).

Liberado Guantánamo, se designa jefe de la plaza a Demetrio Montseny Villa, ascendido por Fidel a comandante el 28 de diciembre.

Durante esos días, la gente apenas duerme, celebrando la liberación. Todo es alegría. Todas las calles parecen de fiesta y es pleno el apoyo del pueblo a la Revolución.

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Luis Figueras fue protagonista y testigo de la liberación de la ciudad de Guantánamo por el Ejército Rebelde.

Un juicio memorable

El cinco de enero también se realizaron los primeros juicios contra los principales criminales de guerra batistianos, en locales como los actuales Palacio de los Matrimonios y Biblioteca Policarpo Pineda, rememora Figueras.

En juicio en la sede del Ayuntamiento fueron condenados a muerte Otamendi Wilson (Miñingo), Manuel Four Guancho, Ramón Fiallo, Marcelino Agüero y Arcadio Casillas Lumpuy.

Al respecto, el entrevistado ha relatado también a otros colegas, según se ha publicado y reproducimos:

“Ese día no me tocaba custodiar los bajos del Ayuntamiento, pero estaba, y en un momento un compañero de guardia me pide que busque en el trabajo de mi padre, maestro panadero, unos pasteles. Cuando regreso, ya los primeros condenados a muerte, incluyendo a Casillas, estaban montados en el camión que los llevaría al cementerio, donde serían fusilados. Iban amarrados a la espalda, así que nadie sabe cómo fue que Casillas se desamarró, le quitó un fusil a un rebelde y empezó a disparar, matando casi al instante al conductor del camión.

“Quien estaba cerca y tenía un arma disparó. El ruido era ensordecedor y todavía hoy me pregunto cómo no perecieron otros rebeldes o pobladores en el fuego cruzado. La sangre corría en el camión, donde solo Miñingo no murió al instante, era tanta que fue necesario un carro de bomberos para limpiar la calle. Los cuerpos fueron llevados al cementerio.

“Eran los días de la justicia revolucionaria, un proceso que tuvo sus críticos pero contó con el respaldo del pueblo, que conocía a los que mataban, sabía quién era el que arrancaba uñas, torturaba…, y era el que había sufrido todo eso, el que había perdido al hermano, al hijo, el que había padecido miedo.

“A estas alturas, sostengo que fuimos justos. Los sicarios fueron llevados a cortes militares, se les asignaron abogados de oficio y resultaron juzgados. Algunos, con pruebas sobradas y hasta confesiones, recibieron la pena máxima, otros varios años de cárcel. En mis años de investigador, no he encontrado a uno solo que fuera inocente, no me consta que hayamos ejecutado o apresado injustamente”.

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